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Blood Money
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Seguramente, la primera sensación que tuvisteis cuando descubristeis este invento tan estupendo de los emuladores, dejando la sorpresa al margen, fue de cierta euforia. Personalmente, ya a finales de los 80 y principios de los 90, cuando se adivinaba la desaparición del mercado de los 8 bits, me preguntaba si habría alguna forma de perpetuar mi colección de juegos de C64, así que cuando pude ver en funcionamiento, por primera vez, un emulador, me quedé... tan terne. Sí, señores. Me dio lo mismo.
A ver, os cuento: resulta que me hice con el invento en cuestión merced al
diskette de alta densidad que por aquel entonces regalaba la revista PcManía
(imaginaos qué tiempo puede hacer de esto; y si no os lo imagináis, os lo digo
yo: fue en 1993, exactamente - curiosamente, en aquel entonces, la empresa Commodore
aún existía, y todavía quedaban intrépidos programadores que se atrevían a desarrollar
cosas de lo más interesantes para el pequeño C64 -y si no, echadle un vistazo
al Mayhem in Monsterland-).
Se trataba de una demo del C64S. Poco interesante, porque no te dejaba enredar
con él más allá de un tiempo limitado (que creo que rondaba los 20 minutos).
La pavadita venía acompañada por un par de gilipolleces aparentemente programadas
en BASIC, a cargo de algún prepúber aburrido en los años en los que Naranjito
hacía como que nos alegraba las sobremesas.
Bien, ahora imaginad mi opinión del emulador, con esos
ingredientes:
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- No podías usarlo más de 20 ó 30 minutos. - No tenías ningún programa a tu disposición, salvo un par de memeces que aburrían a las ovejas merinas (a las churras, directamente las mandaba a la sección de cárnicas del Carrefú ese, del soponcio que les daba). |
- En aquel entonces, Internet era poco más que una curiosidad de universitarios... de países menos chusqueros que España en el apartado de las nuevas tecnologías. Así que ¿de dónde cuernos iba a sacar uno los juegos?
No tardé en borrar aquella curiosidad experimental del disco duro de mi poderorísimo y monstruoso... PC 386. (Con 40 megas que tenía, no me convenía atiborrarlo con cualquier frivolité que cayera en mis manos). Lo cierto es que no me emocionó lo más mínimo. Además, no hacía mucho que había dado carpetazo a mi época de commodorero diplomado, así que la nostalgia aún no había tenido tiempo de desarrollarse. Pero ya se me echaría encima, ya... a traición, por la espalda y con toda la alevosía posible.
Sin embargo, cuatro años después, pude tener acceso a la Red por primera vez.
Me dio por buscar (en Yahoo; lo único a lo que podíamos recurrir los poquísimos
internautas españoles en 1997 para encontrar memeces poco útiles -Inet estaba
más bien poco poblada en aquella época-), "commodore 64". Y desde
entonces, estoy enganchado. O reenganchado, para ser exactos.
Una de mis primeras decisiones fue hacerme con el emulador que todos
recomendaban: ¡el C64S! ¡otra vez él! Sí, pero esa vez lo conseguí
ORIGINAL. Ya, claro, ahora corresponde aquello de "¡pero serás membrillo!
¿para qué ser legal y gastarte los cuartos, si podías conseguir una copia
pirata gratis?". Dejamos al margen toda suerte de consideraciones éticas;
en aquel momento pensé que la ocasión merecía la pena. Y que, por revivir aquellos momentos,
no me importaría pagar ... ¿cuánto fue? ¿2000 pelas de aquel entonces?
¿3000? (gastos de envío incluidos). Así que, al cabo de un par de semanas,
recibí por correo aéreo, y directamente desde los Seattle Labs, una cajita de
cartón con un diskette que aún conservo, y un manual de uso que guardo como
oro en paño. Aunque sólo sea por una especie de inocuo fetichismo bien
entendido, porque lo cierto es que, cuando, no mucho después, descubrí el CCS64, dejé tirado al
C64S.
Bien. Entonces, ¿pude ya sentir la euforia que cabría esperar cuando me dediqué a reconstruir mi colección original, merced inicialmente al archivo de Arnold? (y que me ha costado 4 años completar) Sí, claro... aunque antes, pasé por breves instantes de vacilación; ¿no os ocurría, cuando comenzasteis con este hobby tan entretenido, que os llevabais decepciones morrocotudas al volver a ver títulos que teníais por verdaderas maravillas? ¿No os pasaba que pensabais "anda, pues yo lo recordaba con mejores gráficos"? A mí sí. Y no, no es cosa de que idealizara, con los años, a aquellas pequeñas maravillas de 40 Kbytes. Es que los emuladores no son perfectos y, además, la imagen de un monitor es infinitamente más nítida que la de los televisores a los que conectábamos nuestros Commodores. Y si no, haced la prueba: cargad algún juego en una máquina real, y comparad el resultado con la versión emulada. No hay color. En ningún terreno: gráficos, scroll, sonido...
A pesar de estos titubeos iniciales, lo cierto es que me alegro infinito de
haberme metido en el mundillo de la emulación. Me ha permitido no sólo descubrir
joyas que nunca tuve la oportunidad de jugar en mis tiempos (como el Staff
of Karnath o el Archon, por poneros
dos ejemplos... y eso, sin mencionar a toda mi anhelada saga Ultima),
sino darme cuenta de que, en el fondo, tampoco odiaba tanto a los matamarcianos.
Ya os lo he comentado en más de una ocasión: los mata-mata frenéticos en los
que una tímida navecilla a la deriva se las tenía tiesas con batallones enteros
de alienígenas viscosos, me aburrían sobremanera. Claro, que eso quizás se debió
al hecho de que no tuve la suerte de contar con ningún buen representante del
género en mi colección (salvo alguna que otra escasa, pero honrosísima excepción;
como el Uridium, por ejemplo). Ahora,
con maravillas de la índole del R-Type,
Enforcer o Dragon
Breed, he visto lo que me estaba perdiendo. Eso sí: sigue sin ser una de
mis clases de juegos favoritas.
La mayoría de los matamarcianos que uno podía ver desperdigados entre las
estanterías del mueble/mesa desplegable en el que guardaba mi C64 durante
aquellos-maravillosos-años, eran simplemente, más de lo mismo. Bueno, vale,
una aplastante mayoría de los matamarcianos son más de lo mismo. Pero es que
casi todos los que yo tenía, eran... especialmente anodinos, y encima,
técnicamente, no sorprenderían a nadie. (A algún espectrumnero o
amstradnero, quizás, jejejejeje ;-P). ¿Qué queréis que os diga? Era de
entender ese desprecio mío por el género, viendo cosas
como este Blood Money, por mucho que viniera avalado por el prestigio de
Psygnosis, una compañía especializada en hacer juegos ESPECTACULARES (...
aunque, no lo olvidemos, principalmente para Amiga), y por mucho que hiciera
gala de una carátula magníficamente ilustrada (¿cuántas veces tenía que
repetirme a mí mismo que no me dejara llevar por una portada vistosa? ... pues
muchas, la verdad, porque nunca me hacía ni puto caso... aaay, si es que nunca
aprendo ... o aprendo muy despacio, que es casi lo mismo).
Porque, en resumen: este Blood Money es MÁS-DE-LO-MIS-MO. Se puede decir más
alto, pero no más claro. O en este caso, se puede escribir con letras más
grandes, pero no creo que así quede más claro. No, en serio, se puede escribir
con letras más grandes. Mirad, mirad: este Blood Money es MÁS-DE-LO-MIS-MO.
¿A que os ha quedado igual de claro?
| En cierto modo, podría decirse que al juego le pasa algo parecido a lo que le ocurre al Bionic Commando: ambos están diseñados en torno a una idea que no sólo sirve de excusa para sus títulos respectivos, sino que proporcionan el único detalle de una mínima originalidad. Podría decirse, sí, pero como probablemente no acertaré ni de coña con la imbecilidad de hipótesis, será mejor que me centre en la ficha en cuestión. Ya va siendo hora, ¿no? | ![]() |
... pues no. Porque si me hubiera dedicado a comentaros el juego desde el principio de esta review, haría cosa así de 5 ó 6 párrafos que habríamos terminado, y empeñado como estoy últimamente en llenar líneas y líneas (aunque sea a costa de desvariar, y de aburriros un poquito -perdón-), no podía consentirlo.
Acerca de esa chuminada de teoría que afirma que este Blood Money tiene algo que ver con el Bionic Commando, es decir, una idea más o menos original en torno a la que se construye todo el juego, me estaba refiriendo al concepto que le da nombre: "dinero sangriento". Resulta que cada vez que vaporizamos a un marcianito o adláter, deja en su lugar una centelleante moneda de algún color chillón, con un número sobre su superficie. Las pequeñas son de 10... 10... erm... 10 lo-que-sea ("créditos", se dice en estos casos; es algo así como la divisa multiusos en los videojuegos en los que uno tiene que recurrir al uso de capital, sin ponerle ningún nombre familiar... porque algo como "dólares marcianos" sonaría a coña marinera; y no os digo nada de las "pesetas galácticas". Como de Torrente VIII: misión en Raticulín). Y las grandes, de 25.
Bueno, pues hemos de tratar de aumentar nuestro presupuesto tanto como nos sea posible, porque en cada nivel, veremos varias tiendas (a saber qué hacen allí) dispuestas a vendernos toda suerte de ingenios para hacer mucha pupa al avieso alienígena de pro. Y la verdad es que, al contrario que en muchos otros videojuegos que emplean una táctica parecida (y son legión, así que, ya veis... en el fondo ni siquiera es original la presunta idea brillante que sirve de excusa al resto del juego), muchas de esas mejoras en el armamento son verdaderamente efectivas. Entre otras razones, porque el cañoncito birrioso con el que comenzamos el juego, es bastante lastimero e ineficaz en gran parte de las situaciones más peliagudas a las nos enfrentaremos.
Bien. Entonces, este Blood Money es un matamarcianos con un añadido más o menos interesante, esto es, la desquiciada caza de la monedita volátil (caen velozmente en cuanto destruimos al marciano de turno, así que daos prisa en recogerlas... pero no os descuidéis u os acabaréis empotrando contra alguna de las anodinas aristas del aún más aburrido escenario, o contra el líder de una traicionera recua de alienígenas deformes que irrumpa repentinamente en la pantalla). ¿Algo más, aparte de esto? ... Pues no. Insisto, en todos los aspectos, estamos ante un shoot'em up del montón. Sí, me repito más que una fuente de filetes rusos, bien condimentados , y sumergidos en una solución de gazpacho espesito, ajoblanco y puré de lentejas con consistencia de argamasa para reparar grietas en las chimeneas de refrigeración de una central nuclear... que los hay, en serio... (ayer mismo me hice uno; no había quien lo digiriera, pero eso sí, estaba riquísimo) pero aún puedo repetirme más. Ya veréis como os lo vuelvo a decir en el apartado dedicado al resumen técnico. Fijaos, fijaos...
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Aburridos, principalmente por la falta de colorido y lo poco imaginativo en el diseño de los escenarios, angulosos, sobrios, parcos, rácanos y convencionales. Qué bien. |
En lo que respecta a los personajes, la cosa mejora un poco... aunque no mucho,
no vayan a creer. Algunos de los marcianitos con los que nos las veremos, no
pasan de ser burbujitas flotantes o minucias móviles comparables. Por lo menos,
son de colorines, lo que ayuda a aliviar el tedio que provoca la monotonía de
los fondos. Los más grandes son razonablemente vistosos (si es que se puede
acompañar semejante adjetivo con semejante adverbio), como ese engendro azulado
sobre dos patas que podéis ver en la primera captura.
Lo que no termina de convencerme es el diseño, casi infantiloide, del helicóptero
protagonista. Sí: helicóptero. Nada de cazas interplanetarios movidos por antimateria
con taquitos de jamón y un chorrito de aceite (vaya, me ha dado por la comida
hoy). Helicóptero. O helicópteros, porque pueden participar dos jugadores simultáneamente,
y competir por ver quién profiere los bostezos más cavernosos ante la inmensa
falta de brillantez en el diseño de los gráficos. Que, pese a todo, no están
técnicamente mal.
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Lo mejor del juego. Al menos, las músicas: de lo más escuchable que compuso Friedrick Segerfalk, especialmente en el aspecto técnico. Son bastante superiores a las del Shadow of the Beast, que desafinan clamorosamente (me pregunto si será cosa de la emulación; al Impossamole le ocurre) aunque, todo hay que decirlo, comparten con ellas la falta de fuerza y de personalidad. |
Los efectos de sonido son funcionales, sin más (otra de mis frases más repetidas, lo sé).
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Blood Money se deja jugar, tiene algún que otro escaso detalle interesante y no me extrañaría que a más de uno pueda parecerle un título bastante digno y hasta adictivo. |
Pero lo que es a mí, que si hay algo para lo que me han servido los emuladores, es para volverme de lo más exigente con el género de los matamarcianos, me parece... ¿lo adivináis? Más de lo mismo. ¿Veis? ¡Lo he vuelto a decir! ¡Bieen! ¡Hurra-viva-yupi! ... esperad, voy a por el terroncito de azúcar...
| * Técnicamente no está mal. * Lo de amasar monedas escurridizas le da un poquiiiito de interés. |
* Del montón. * Poco colorido en los escenarios. |